Historias de esta casa-taller-tienda

La historia de José García

La nuestra es una casa con historias que van desde su primer habitante, un marino alemán del #grafspee, a quien José García, un republicano español exiliado le compró la casa que el primero había construido.
Carlos y yo llegamos a ella luego de una visita a la inmobiliaria en la que nos la ofrecieron tomando la dirección de un fichero.
La ficha que tenía la dirección y el precio estaba sobada por diversas manos.
Eso ya nos indicó que la casa que hoy es nuestra tienda, no era fácil de vender. No sabíamos que el problema era la falta de voluntad clara de venderla.
El de la inmobiliaria nos mandó solos, como si no tuviera muchas expectativas sobre lograr un buen negocio.
Al llegar vimos que el pasto llegaba a nuestra cadera.
El rancho no se dejaría comprar asi nomás.
Seguramente nos pondría a prueba para ver si dábamos con la talla.
No sabíamos más.

Nos abrió el portón oxidado de alambre un hombre enjuto, de unos 75 años, y nos llevó por debajo de una gruta de tirantes de alambre sobre entramado de hierro - en el que se apoyaba una parra raquítica - hacia el terreno que era lo que primero nos quería mostrar el Sr. José García, que así se llamaba el dueño de casa. Pasamos por una casita de 2 metros por 1 y medio, que estaba sobre una torre. Se accedía a ella por una escalera. En la parte de abajo había un viejo baño minúsculo y arriba de la casa de madera había un tanque que se llenaba con una bomba.
Nos dijo que esa habia sido la primera vivienda del alemán del graf spee que le había vendido su casa.
Luego pasamos por el galpón, que estaba cerrado y nos llevó derecho al tilo.
Al pie de aquel árbol magnífico y frondoso nos dijo que él se habia encariñado mucho con la casa, que aún no se convencía de tener que venderla, que había pasado toda su vida en el Uruguay, habia tenido bar y almacén y plantado la tierra y también aquel tilo que nos estaba presentando. Mientras decía todo esto nos observaba como si nos estuviera poniendo a prueba.

  • Este tilo lo planté cuando era joven. Se dan cuenta? Ahora que por fin creció y que da sombra, me tengo que ir.

La voz se le quebró un poco.
Nosotros entendimos que tenía que vender y que tenía que irse, pero que no quería del todo, y en seguida pensamos en el fichero sobado y comprendimos que quizás por eso la casa llevaba tiempo sin venderse.

Teníamos poco dinero. No nos alcanzaba para lo que él pedía. Solo teníamos la plata que una tía nos había dado en vida, como adelantando generosamente su herencia y con la condición de ponerla en ladrillos.

José no nos dijo nada ese día sobre su mujer Juana y su deseo de reunirse con ella en España, luego de vender la casa.
La parte de afuera tenía un aire ligera alemán y nos mostró la parte de adentro que era un poco lúgubre, a decir verdad. Estaba forrada de un oscuro revestimiento de madera. Tenía solamente 2 habitaciones, baño y cocina. Pero no hacía falta tanto más por ahora y nosotros ya nos habíamos enamorado de la parte de afuera. Las parras, las higueras, el tilo por supuesto, los rosales de entonces, y el enorme terreno de 3500 metros. Aunque la casa era chica y estaba muy venida abajo, podriamos arreglarla con el tiempo.
Nos fuimos y volvimos otra vez. Seguimos profundizando el enamoramiento por la casa. Vimos otra en la misma zona, pero no se parecía en nada, no tenia el encanto que veíamos en esta. La segunda vez que vinimos José nos contó de su esposa y de su negativa a venir al Uruguay. Supimos que él se había exiliado pero que después se habia aquerenciado aquí - aunque Franco hubiera muerto- y que había tratado por todos los medios de convencer a su esposa de venirse con él sin lograrlo. 40 años la habia esperado. No nos dijo si él la habia visitado en España, pero sí que tenían unas hijas grandes ya.
No entendíamos aquel vínculo con tanta distancia física y si preguntábamos algo sobre él y Juana, cambiaba de tema.
Para nosotros era fascinante su historia, pero él no la soltaba así nomás. Nunca supimos nada de su exilio.

Estaba enfermo y quería estar con ella en esta etapa de la vida. Su mujer se había vuelto su casa.

Nos fuimos por segunda vez, con un metejón tremendo por este rancho e hicimos la oferta contado con todo lo que teníamos.
José no nos contestó el primer día, ni el segundo, ni la semana siguiente
Yo quería llamar nuevamente pero Carlos no me dejaba y me decía que había que esperar sí o si.
La ansiedad me devoraba.
Tenía que ser ésta la casa.

Finalmente, dos semanas después nos llamaron de la inmobiliaria y nos dijeron que el Sr. José García tenía una contra oferta.
Nosotros no podíamos poner ni un peso más de lo que teníamos asi que nuestra respuesta fue muy rápida. Que no. Y volvimos a reiterar oferta.
Dos semanas después, el Sr. García se comunicó personalmente, nos hizo venir una tercera vez, nos contó que la casita de madera de la torre estaba llena de abejas, que era un enorme panal. Y nos habló de las hormigas. Era un gran admirador de abejas y hormigas y vivía entre ellas. También tenía convivencia con un par de comadrejas. Una que vivía en el galpón y otra en el altillo. Nos miraba todo el tiempo como tomándonos un examen para ver si seríamos merecedores o no de su casa y sus tesoros.
Finalmente, nos dijo que nos iba a vender su casa.
Siento como si fuera entonces el latido desenfrenado de mi corazón.
Y así fue. El escribano hizo todo lo más rápido que pudo, apurado por mi, que lo volví loco. Firmamos la escritura en la casa. La dejó puesta. Cama tendida, salame y dulce de membrillo en la heladera andando. Los muebles de roble, hermosos y algunos de.los borradores de las cartas escritas a su mujer.
Y en ese momento salió a despedirse del tilo y nos dijo:

  • Se los encargo. Cuídenlo…
    Las abejas zumbaban a su alrededor.
    Y esas últimas palabras nos siguen sonando a menudo.
    Se iba con su esposa, a su país, a los 75 años después de haber vivido en espera por ella.

En una de sus cartas de cuando era joven le decía:

"Sabes bien que yo te sigo esperando.
Le compré la quinta  al alemán y ahora hay una casa puesta para ti.
Cierto es que el jardín está lleno de hormigas. He aprendido mucho de ellas.
¿Sabes que cuando una hormiga encuentra comida deja un rastro para que otras lo sigan?
El ser humano debería aprender de ellas. Son solidarias y admirables. 
También he plantado un tilo. Mi sueño es que algún día puedas matear conmigo debajo de él. Matear y charlar…
De mañana me siento al lado del tilo que todavía no da mucha sombra… y le leo tus cartas…!. Ya te conoce o conoce tus palabras…Porque lo más importante entre nosotros han sido las palabras
Seguro que aprenderás a matear, no te preocupes, mujer. Es muy rico. No me hagas esperar más…
Muchas noches sueño contigo. Y te veo. Te juro que te veo. ¿Cómo están las niñas? ¿Y tu madre? ¿Alguien te ha preguntado por mi?
Tu esposo que no te olvida,
José

Por entonces vivíamos en el Prado y unos años después resolvimos venir a vivir aquí y ampliamos la casa porque nos quedaba muy pequeña.
Desde entonces aquí ha estado nuestro hogar y nuestro taller de arte y artesanía, cargado con esa y otras historias.. Aquí criamos a nuestros hijos.
Pudimos haber bautizado nuestra tienda como "Artesanías del tilo" de tan omnipresente que se volvió aquel árbol en nuestras vidas - y a pesar de que llegado su tiempo natural, se secó, siempre pensamos mágicamente que aquel árbol no había resistido la ausencia de José.

Artesanías Montevideanas

Honramos el significado del concepto "artesanía" que tiene como requisito la transformación de la materia y el diseño propio, pero incluimos también todo aquello en lo que percibimos expresión artística original de calidad, y por ello el arte y la pintura no están excluidos de nuestra oferta.
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